Porque los labios de la mujer ajena destilan miel, y su paladar es más suave que el aceite, pero al final es amarga como el ajenjo, cortante como espada de dos filos.
Sus pies bajan a la muerte...
Quién ve en la muerte de Cristo solamente su dolor, su humillación, sin su Amor, no termina de ver solo a un hombre, no a un Dios que me ama más que la vida.
«Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»85.
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